Una Caperucita Roja violenta y sexual

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Ilustración de "La compañía de los lobos", de Alejandra Acosta, incluida en "La cámara sangrienta" (Sexto Piso, 2014)
Ilustración de "La compañía de los lobos", de Alejandra Acosta, incluida en "La cámara sangrienta" (Sexto Piso, 2014)

En sus reescrituras de este cuento clásico, Angela Carter trastoca y revierte estereotipos

Cuando yo era niña, mi madre me contaba esta versión de Caperucita Roja: Había una vez una niña que siempre usaba un gorro y una capa rojos. Un día, su madre le pidió que llevara unas galletas a su abuelita, quien estaba muy enferma y vivía en el bosque. Le advirtió también que no hablara con extraños y se fuera por el camino corto. Caperucita, sin embargo, habló con el lobo que se encontró en el camino y le reveló a dónde se dirigía. Además, compitió con él para ver quién llegaba primero. Con argucias, el lobo tomó el camino corto y le dejó a ella el largo, así que pudo llegar antes. Una vez en la casa, escondió a la abuelita en el ropero y se disfrazó con su ropa para engañar a Caperucita y comérsela. Cuando ésta llegó y descubrió el embuste comenzó a gritar. Un cazador que pasaba por ahí oyó sus gritos, fue en su auxilio y mató al lobo con su escopeta, rescatando así a Caperucita y a su abuelita. (De más grande, escuché una versión según la cual el lobo se comía a la abuelita y a la propia Caperucita. Esta vez era un leñador quien las salvaba al abrir con su hacha la panza del lobo y sacarlas de ahí).

Las re-creaciones que la autora inglesa Angela Carter (1940-1992) hace de este cuento clásico: “El hombre lobo” y “La compañía de los lobos”, incluidos en La cámara sangrienta
(publicada por primera vez en 1979 y este año por la editorial Sexto Piso), dan la vuelta por completo a esa moraleja infantil que mi madre me contaba antes de dormir.

 

“El hombre lobo”, la violencia

En “El hombre lobo”, Caperucita[*] también lleva galletas a su abuelita. Pero a esta niña su madre no sólo le advierte de los peligros del bosque, sino que es más práctica y además de consejos le da un cuchillo. De modo que Caperucita va armada e incluso se ve obligada a usar el cuchillo, pues en el camino un lobo intenta atacarla. Para defenderse, la niña le corta una pata. Después descubre que ese lobo es en realidad su abuela, una de las tantas brujas que habitan en el bosque.

Tres cosas me gustaría destacar de este cuento:

La primera, que aquí Caperucita no necesita de ningún hombre –cazador o leñador- que la defienda del lobo. Ella sola lo hace, no sin la ayuda de su madre –otra mujer-, que es quien le da el cuchillo, el cual pertenece al padre de Caperucita. De modo que esta envalentonada niña (“conocía tan bien el bosque que no le daba miedo”) demuestra que también –y qué tan bien- puede manejar el arma que suele usar su padre, un hombre. La antagonista de este cuento es igualmente una mujer; una bruja que aparentemente es sólo “una anciana cuyos quesos maduran cuando los quesos de sus vecinos se resisten” –lo cual quiere decir que le va bien-, pero en realidad es capaz de transformarse en lobo. Así que de una abuelita todo cariño y bondad pasa a ser una criatura feroz y oscura.

La segunda, el color rojo. Se han hecho ya interpretaciones sobre este rasgo. En El lenguaje olvidado, por ejemplo, Erich Fromm sostiene que la capucha roja de Caperucita simboliza su menstruación: “La niña (…) se ha convertido en una mujer madura y debe afrontar el problema del sexo”. (Esta explicación nos será más útil en el análisis de “La compañía de los lobos”). Es sabido además que el rojo remite a la violencia, como en este cuento. Aquí la niña no lleva una capucha roja, sino “una roñosa capa de piel de oveja para protegerse del frío”. Su atuendo adquiere este color hasta que limpia el cuchillo con el que hirió al lobo en su mandil, manchándose con la sangre de su abuela. El rojo también está presente en el color de los ojos del hambriento lobo y en el reguero de sangre que deja en el camino tras ser herido.

La tercera cosa que quisiera resaltar son las metamorfosis que sufren los personajes. Una es la de la abuela-bruja-lobo. Otra podría ser la de la propia Caperucita, quien comienza a vivir en la casa de su abuela luego de que ésta, por ser una bruja, es lapidada por los vecinos. Con lo que Caperucita pasa a ocupar el lugar de su abuela, y muy posiblemente no sólo la casa, el espacio físico, sino su rol social, pues “prospera”, según la última frase del cuento: no olvidemos que a la brujas les va bien, ahí está el ejemplo de los quesos. Además, la abuela tiene el “pezón supernumerario” con el que las brujas “amamantan a su familia”, a través del cual Caperucita pudo haber sorbido su leche, pero también sus poderes. Otro elemento a favor de esta interpretación es el título del cuento, que en español es “El hombre lobo”, pero en inglés es “The werewolf” (hombre lobo o mujer lobo), y puede referirse a la abuela o, mejor, a su nieta, la protagonista del relato. De ser Caperucita Roja un hombre lobo, paradójicamente, se convertiría en su peor enemigo, con lo que Carter revertiría la clásica historia, como lo hace en una de sus reescrituras de La bella y la bestia: “La novia del tigre”, en la que, contradiciendo el argumento por todos conocido, es la bella quien se convierte en bestia.

Como puede verse, en “El hombre lobo” los estereotipos se trastocan. Ni la abuelita ni Caperucita son una encarnación total del bien: ambas se transforman, pasan del bien al mal, juegan entre ambos bandos. La primera, convertida en lobo, intenta comerse ¡a su propia nieta! Y la segunda primero arriesga su vida internándose en el bosque con tal de llevarle comida a su abuela, pero después no sólo la hiere, también permite que la acribillen. Quizá esto era justo lo que quería: deshacerse de ella para poder ocupar su sitio.

Ilustración de "El hombre lobo"

Ilustración de “El hombre lobo”

 

“La compañía de los lobos”, el sexo

La historia de este cuento es la siguiente: una jovencita resuelta decide cruzar el bosque para llegar a casa de su abuela y entregarle algunos alimentos. En el camino, se encuentra con un cazador joven y guapo con el que hace una apuesta: si él llega antes a casa de la anciana, ella le dará un beso. El cazador, que es en realidad un lobo, gana, se come a la abuelita y se hace pasar por ella. La joven descubre todo en cuanto llega. Pese a ello, tiene sexo con el lobo.

Empecemos ahora por el color. Aquí, como adelantaba arriba, el capuchón rojo simboliza la menstruación de esta jovencita, de la cual la autora habla de manera explícita: “acaba de tener su primera menstruación, el reloj interno que, en lo sucesivo, avanzará una vez al mes”. El rojo representa también la sangre que Caperucita ­“va a derramar” al perder su virginidad. Carter describe así al capuchón: “hoy [el día que la joven cruza el bosque] muestra el aspecto aciago, aunque brillante, de la sangre sobre la nieve”. Esta imagen, “la sangre sobre la nieve”, refiere a la pureza manchada por la pasión, a las sábanas blancas de las vírgenes teñidas de rojo en su noche de bodas. No es casual que sean estos dos colores los que predominan en el espacio donde se desarrolla el cuento (el blanco de la luna y la nieve, el fuego de la chimenea de la casa de la abuela) y en los mismos cuerpos de los personajes: “Se quitó la blusa por encima de la cabeza y sus pequeños pechos relucieron como si la luna hubiera invadido la estancia” o “se cepilló el pelo con los dedos; un pelo que parecía tan blanco como la nieve del exterior” o “la luz del fuego relucía en los bordes de su piel”. De modo que en el cuerpo de esta Caperucita hay lugar para el destello del blanco, de la pureza, pero también para la pasión y sexualidad del rojo. Los ojos del lobo son escarlata.

El rojo de la capucha de la protagonista no es el único símbolo de su virginidad. También lo es la botella de aguardiente de moras que, además de quesos, galletas de avena y uno o dos tarros de mermelada, lleva a su abuela. En su interpretación de la Caperucita Roja de los Hermanos Grimm, Fromm señala que “la advertencia (…) de ‘no caer y romper la botella’ es una clara prevención contra los peligros del sexo y de la pérdida de la virginidad”. En “La compañía de los lobos”, Carter se refiere así a la virginidad: “Es un huevo sin romper; es un recipiente sellado; tiene en su interior un espacio mágico cuyo paso permanece cerrado con un tapón de membrana; es un sistema cerrado; no sabe sentir escalofríos”. La hora de que Caperucita pierda su virginidad, del “desmembramiento”, es anunciada por el reloj del abuelo que está en casa de la abuela, el cual “va gastando el poco tiempo que le queda” y cuyo “tictac suena como un látigo” cuando la jovencita entra a la casa tomada por el lobo.

Además de simbolizar la menstruación de Caperucita, el manto, tejido por la abuela, representa el cobijo de su familia. A través de él, la anciana protege el cuerpo de su nieta de los peligros del bosque: del frío y los lobos (hombres). Cuando Caperucita escucha el aullar de los lobos (“canción nupcial”) que rodean la casa de su abuela “se estremece a pesar del manto escarlata con el que se abrigó un poco más, como si aun siendo tan rojo como la sangre que iba a derramar, éste la pudiera proteger”. Pero, momentos después, Caperucita se deshace de esa prenda: a petición del lobo, la arroja a las llamas de la chimenea y “se consume al instante”, como los consejos y prejuicios inculcados por su familia (“rompió a reír; sabía que ella no era la carne de nadie”). El manto y su abrigo no habían logrado impedir que el bosque y sus peligros entraran a la casa de la abuela, a la intimidad de Caperucita, a través del cazador y el verde de su casaca.

Cuando se libera del manto y de los prejuicios familiares, esta jovencita no se dispone a otra cosa que no sea gozar –muy posiblemente es la primera de estas tres generaciones de mujeres: la abuela, la mamá y ella, que lo hace-. Y para conseguirlo, ella misma toma la iniciativa: “le desabrochó el cuello de la camisa” y “le dio libremente el beso que le debía”. Ya en el camino, en su apuesta con el lobo, le había preguntado “con malicia” qué quería que le diera si él llegaba primero a la casa de su abuela y se había entretenido “para estar segura de que el apuesto caballero ganara el envite”.

Y vaya que este lobo era atractivo: “Su piel tiene el color y la textura de la vitela. Una franja de vello crespo desciende hasta su estómago; sus pezones son turgentes y oscuros como la granadilla”, sus piernas son peludas y sus genitales enormes. “¡Ah! Enormes”, exclama la afortunada abuela, quien “lo último que vio en este mundo fue un hombre joven, de ojos como brasas, desnudo como una piedra, que se acercaba a su lecho”, refiere la traviesa Carter. Con esta frase, la autora parodia el célebre “¡qué ojos tan grandes tienes!”, como nota Jazmina Barrera en el ensayo “Lecturas tempranas de Angela Carter”. Las descripciones tanto del cuerpo de Caperucita como del lobo son claves en la atmósfera erótica de este cuento, pues se trata de cuerpos jóvenes, bellos, que se entregan a la pasión.

Asimismo, el personaje del lobo, al ser un hombre lobo, posee el don de la metamorfosis. Esta característica -que la autora inglesa atribuye frecuentemente a sus criaturas- es la que le permite engañar a Caperucita: adopta su condición humana y lo hace a través de su antítesis: un cazador. Así, Carter una vez más da la vuelta al personaje clásico, pues el héroe es en realidad el “villano”. Al final de “La compañía de los lobos” asistimos a una transformación más: “La muchacha duerme profunda y plácidamente en el lecho de la abuela, entre las garras del tierno lobo”. Líneas antes Carter había apuntado que “la encarnación del carnívoro, sólo la carne inmaculada la aplaca”.

 

Cuando mi madre dejó de contarme historias por las noches, comencé a buscarlas yo misma en los libros de la biblioteca de la casa. No fue ahí donde encontré los cuentos de Carter, que descubrí hasta la universidad, y que me encantaron tanto o más que los primeros por la manera en que su autora rompe con los estereotipos de las princesas y las bestias sin alejarse de la magia que caracteriza a los clásicos cuentos de hadas.

Otra ilustración de "La compañía de los lobos"

Otra ilustración de “La compañía de los lobos”

 

[*] En ninguno de los dos cuentos Carter llama así a sus protagonistas, pero es claro que son una encarnación contemporánea de la niña de la capucha roja. Por eso aquí me tomaré la libertad de referirme a ellas así.


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1 Comentario

  1. María Antonieta Hernández dice:

    Me gustó mucho, a la vez que disfruté el análisis que hace Perséfone en este texto sobre el cuento de la Caperucita, retomando a otros autores. Me mostró aspectos que yo no había visto en este cuento. El análisis es brillante y la pluma de la escritora es lúcida, ágil y divertida. ¡Felicitaciones Perséfone!

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