Recordamos los versos lascivos de Salvador Novo

0
Salvador Novo por Manuel Martínez Lozano
Salvador Novo por Manuel Martínez Lozano

En sus sonetos eróticos, este artista transgresor cubrió con humor momentos muy íntimos

Salvador Novo (1904-1974) fue un escritor y promotor cultural mexicano, a quien el adjetivo de “adelantado” a su época parece quedarle tan bien como a aquellos personajes que de alguna manera sobrepasaron las expectativas que el contexto les imponía.

Homosexual declarado desde su juventud, Novo tuvo que convivir con una sociedad en la que la homosexualidad era un tema de alcoba, o mejor dicho, intratable. No obstante, su carácter y desenfado –los cuales se apoyaron siempre en un narcisismo que supo cultivar muy bien–aunado a un enorme e incuestionable talento como escritor, hicieron de éste la figura imprescindible de la cultura mexicana que sigue siendo.

Salvador Novo

Salvador Novo

Quizá por ello sus sonetos eróticos tienen la doble valía de ser testimonios de una persona que con todo el  talento y renombre  que tiene, se decidió a plasmar experiencias sexuales en las que el descaro y el humor se manifiestan como una segunda forma de mensaje que podría traducirse como un “si no puedes con la sociedad, búrlate de ellos y su falsa moral”.

A continuación te dejamos algunos poemas escogidos de su autobiografía ‘La estatua de sal’ para que constates cómo el poeta antes que sufrir, prefiere lanzar una carcajada, por más escatológica que ésta sea:

                                                                          V

Mi vida sigue igual, amiga rara:

 Despierto hecho una birria, voy al baño

 y con productos Rubinstein restaño

 la perdida frescura de mi cara.

Me marcho a trabajar. ¡Si trabajara!

 El boletín del mes, año tras año…

 Luego voy a comer con el extraño

 ministro que la suerte me depara.

Doy a veces mi clase consabida;

 a mi oficina soñoliento llego;

 mi labor oficial quedó cumplida.

Y a las dulzuras del hogar me entrego

 cuando ya mi clientela conocida

 me almidonó las tripas en San Diego.

VI

Yo te aguardé esta noche con el ansia

 de mirarte llegar, y de que luego

 escucharas impávido mi ruego

 y me dieras tu fuerza y tu fragancia.

Pero quisiste darte la elegancia

 de no venir, de desdeñar mi fuego,

 sin saber que recibo por entrego

 leche de muchos toros en mi estancia.

 Yo pensaba quererte en exclusiva;

 gemir y sollozar bajo tu fuete,

 brindarte mis pasiones rediviva.

 Y a casa regresé —con tu billete—,

 luego que una salubre lavativa

 a los hijos ahogó de otro cadete.

VII

¿Por qué no me has escrito en tantos días

en que angustiado y pálido me espero

a que llegue el simpático cartero

espiando tras las blancas celosías’?

Yo pensé que más veces mentirías

tu amor lejano, dulce y plañidero;

que el engaño siguiera lisonjero

que iniciaron tus cartas y las mías.

¿Qué te cuesta decirme que me adoras’?

¿Qué me cuesta creerlo y consolarme

lejos de ti, mi bien, si me enamoras?

¿,Qué te cuesta en epístola besarme?

Yo pienso en ti por indelebles horas

—y hace en ellas tus veces un gendarme.

X

Pienso, mi amor, en ti todas las horas

del insomnio tenaz en que me abraso;

quiero tus ojos, busco tu regazo

y escucho tus palabras seductoras.

Digo tu nombre en sílabas sonoras,

oigo el marcial acento de tu paso,

te abro mi pecho —y el falaz abrazo

humedece en mis ojos las auroras.

Está mi lecho lánguido y sombrío

porque me faltas tú, sol de mi antojo,

ángel por cuyo beso desvarío.

Miro la vida con mortal enojo;

y todo esto me pasa, dueño mío,

porque hace una semana que no cojo.

XII

Leoncio ayer, Carlos hoy —¿a quién mañana

dedicará mi amor su pensamiento?

¿Quién con su ausencia me dará el tormento

de esta esperanza dulce, pero vana?

Salvaje en uno, me embriagó la sana

y cálida caricia de su aliento.

Amo en el otro, príncipe de cuento,

la mirada magnífica y lejana.

Aceite de mi lámpara, que ensartas

en rosarios de tiempo duradero

ilusión y fragancia de sus cartas.

No te daré mi amor, casual viajero,

pero mi lecho es amplio; y cuando partas,

te llevarás un poco de dinero.

XIV

Si pudieras quedarte, dueño mío;

si yo pudiera compartir tu lecho;

sentir tu corazón junto a mi pecho

vibrar en jubiloso desvarío;

pasar toda una noche, dueño mío,

entre tu abrazo férvido y estrecho;

entregarte la vida, y satisfecho,

la vida reanudar con nuevo brío.

Pero es fuerza partir. Un lecho frío

me depara el silencio de su abrigo,

tan correcto —tan amplio— y tan vacío.

¡Mañana nos veremos! Y me digo,

“Que a dormir a tu lado, dueño mío,

siempre será mejor soñar contigo.”

XVI

Ya se acerca el invierno, dueño mío;

estas noches solemnes y felices,

se ponen coloradas las narices

y se parten las manos con el frío.

Ven a llenar mi corazón vacío

harto de sinsabores y deslices

en tanto que preparo las perdices,

que pongo la sartén —y que las frío.

Deja tu mano encima de la mía;

dígame tu mirada milagrosa

si es verdad que te gusto —todavía.

Y hazme después la consabida cosa

mientras un Santa Claus de utilería

cava un invierno más en nuestra fosa.

XVIII

Nos volvemos a ver. Año tras año

soñé con encontrarte en mi camino.

¡Sol de mis ojos, luz de mi destino!

¿No quisieras, mi bien, tomar un baño?

Nos encontramos uno al otro extraño:

Gordo tú, flaco yo —¡rnundo mezquino!

Y me complace ver —¡oh, desatino!—

que hay cosas que no cambian de tamaño.

Te quiero como antaño te quería:

con pasión, con dolor, con amargura,

cual si este siglo hubiese sido un día.

Quiero corresponder a tu ternura:

Levanta tu barriga, vida mía,

que me voy a quitar —la dentadura.

Sigue a Artjen Martínez en @artjen04

Comparte

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *