Novelar la amistad y el dolor

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Hanya Yanagihara explora en Tan poca vida los entresijos de las relaciones masculinas

En 2016 abandoné uno de mis prejuicios literarios: pasar por alto las novedades que se anuncian como un “éxito editorial”, son de autores desconocidos y son tan gruesos como un tabique. Lo hice con Tan poca vida (Lumen, 2016), novela de la estadounidense Hanya Yanagihara (Los Ángeles, 1974) que fue finalista del Man Booker Prize y el National Book Award en 2015. Empecé a leerla un miércoles y dos semanas después la había terminado. Todo un récord para mí, pues nunca había leído un libro de mil páginas y muchos menos en tan poco tiempo.

 

Tan poca vida narra la historia de cuatro amigos que se conocieron en la universidad y que ahora viven en Nueva York: J. B. es artista; Willem, actor; Malcolm, arquitecto, y Jude, abogado. La novela arranca cuando tienen más o menos 28 años y están llenos de aspiraciones y expectativas. En el primer capítulo, titulado “Lispenard Street”, vemos cómo Jude y Willem rentan un modesto departamento en esa calle y empezamos a conocer a tres de ellos: J. B., descendiente de dominicanos y criado bajo el cariño de su madre, su abuela y sus tías, trabaja en una revista de arte con la esperanza de que un día escriban un artículo sobre él: Willem, hijo de inmigrantes suecos quien carga a cuestas una triste historia familiar, es mesero en un restaurante mientras va consiguiendo algún papel en obras de teatro, y Malcolm, cuyos padres son ricos (el padre es afroamericano y parece tener preferencia por su otra hija), y no sabe muy bien a dónde va su carrera ni su vida sexual.

 

Por este inicio parecería que estamos ante una novela de aprendizaje, que nos llevara por los explorados terrenos de lo que significa ser joven y abrirse paso en una ciudad como Nueva York. Sin embargo, no es así. En el segundo capítulo, “El Posthombre”, centrado en Jude, comenzamos a darnos cuenta no sólo de que él es el protagonista sino de que la novela va por otro lado. Empiezan a surgir las preguntas: ¿Quién es realmente Jude? ¿Por qué nunca habla de su pasado? ¿Qué causó su cojera? ¿Por qué se hace cortes en los brazos?, cuyas respuestas ni siquiera sus amigos conocen. Aún así, la amistad surge y está ahí.

 

Por supuesto la de Jude no es una historia fácil. Desde niño ha sido víctima de toda clase de abusos, de abusos inimaginables. La novela de Hanya Yanagihara es una novela sobre el dolor, el dolor físico y el dolor por tener una existencia tan cargada de tragedia, de violencia y humillación. Antes de empezar a leerla, escuché de lectores que se sentían incapaces de seguir leyendo cada vez que se encontraban con pasajes crudos. Yo experimenté algo similar, aunque más que dejar de leer intentaba hacerlo lo más rápido posible. Nadie quiere detenerse en esas llagas, físicas y psicológicas, a las que la autora nos hace mirar.

 

Tan poca vida indaga en la amistad entre hombres. La amistad entre Jude y los otros tres, y la que tiene con Andy, su médico, y con Harold, uno de sus profesores de derecho; la trabajadora social de nombre Ana es el único personaje femenino con el Jude establece este tipo de relación, y es también la única mujer que cobra cierta relevancia en la historia. Su amistad con todos está basada en el respeto por lo que él calla, incluso por lo que se hace pese a que estén conscientes de que lo daña. Lo interesante de la novela es que nos hace cuestionar los moldes que le hemos puesto a las relaciones. ¿Hasta dónde se es o se deja de ser amigo? ¿Hasta dónde se puede intervenir para salvar al otro?

 

En cuanto a la técnica, sorprende la agilidad narrativa de la autora, quien pone a los personajes en acción de modo que la historia no deja de avanzar. Lo único que es de lamentarse, y que no tiene que ver con la novela en sí, es el descuido de la edición: artículos y preposiciones de más o de menos, paréntesis que no cierran, comas donde deben ir puntos (lo que sabemos porque la siguiente oración empieza con mayúsculas), palabras erróneas por el autocorrector… Por lo demás, vale la pena llegar al final.

 

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