No les digas a tus hermanas

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Blood And Charcoal (2012), de Mister Graves. Imagen tomada de: http://fineartamerica.com
Blood And Charcoal (2012), de Mister Graves. Imagen tomada de: http://fineartamerica.com

Un grave entre madre e hija es el hilo de esta crónica

 

Ese sábado empezó pasadas las cinco de la mañana, cuando mi madre me despertó para decirme que se sentía mal e iría al médico:

—¿Quieres que te acompañé? —le pregunté.

—No, Ester irá conmigo —me respondió con un susurro y salió de la casa sin hacer ruido—. No vayas a preocupar a tus hermanas.

Acostada y ya sin poder dormir, me preguntaba qué podría haberle ocurrido, si todavía la noche anterior parecía sentirse bien, al menos no se había quejado de dolor o molestia alguno. En la habitación oscura apenas se oía la respiración de María, Laura y Claudia, todavía dormidas.

¿Cómo estará? ¿A qué hospital habrá ido? ¿Por qué habría llamado a su amiga?

Tenía esas preguntas en la cabeza cuando sonó mi celular. Era Ester: Mi madre tenía una hemorragia y necesitaba ropa limpia. Estaban en el sanatorio que queda a una cuadra de la casa.

Me levanté y me cambié de inmediato. Antes de irme, repetí lo que más o menos media hora antes había hecho mi madre. Desperté a María, le dije lo que sucedía y le advertí de preocupar a la niñas. También pasé al baño. Estaba lleno de sangre, de coágulos grandes y espesos. Me asusté.

Afuera aún no amanecía y hacía frío. Caminé rápido. Ya en el sanatorio, Ester me explicó que la doctora necesitaba de un ultrasonido para poder dar un diagnóstico. El problema era que ahí no los realizaban. Fuimos en busca de otro hospital. Ester nos llevó en su carro.

En Médica Sur el costo del ultrasonido era de mil ochocientos pesos y no recuerdo cuánto más por el uso de un cuarto y una cama. El pago tenía que hacerse con anticipación y los dos billetes de quinientos que mi madre arrugaba en una de sus manos eran insuficientes. Sentí pena por ella.

Salimos de ahí y nos detuvimos en otro hospital, en uno llamado Merlos, cercano a Médica Sur, aunque más pequeño y seguro más barato. Sí hacían ultrasonidos, pero no a esa hora.

Mi madre estaba pálida y no paraba de sangrar (el pans que yo le había llevado ya estaba manchado). En todo el camino no habló, al contrario de Ester, quien no dejaba de decir que eran normales las hemorragias a esa edad y que ella también las había sufrido. Según su amiga, los desajustes hormonales previos a la menopausia causan desde pérdidas paulatinas de la menstruación hasta sangrados incontenibles. Como mi madre ya tenía más de cuarenta años (justo al siguiente día cumpliría cuarenta y cuatro), la hipótesis de Ester no me pareció descabellada.

Ya había amanecido cuando llegamos al Dr. Manuel Gea González, un hospital público en cuya área de urgencias recibieron a mi madre. Antes de que se bajara del carro, Ester le preguntó quién quería que entrara con ella. Para mi sorpresa, respondió que la misma Ester. Aunque me hubiera gustado ser yo quien la acompañara, comprendí que se había inclinado por su amiga para no preocuparme.

Esperé en el carro.

Luego de un rato, Ester salió y me pidió que comprara unos condones en la farmacia de enfrente. A mi madre le practicarían “algo así como un legrado” y los médicos los necesitaban para cubrir el instrumento de “raspado”.

Ni después de esa explicación se me ocurrió pensar que mi madre había sido internada por algo que no fuera consecuencia de la edad. Ni siquiera cuando María me dijo, ya en la casa, que había encontrado en la bolsa de mano de mi madre unas pastillas para úlceras gástricas, a las que nosotras sabíamos que se les puede dar otro uso, me atreví a pensar mal de ella.

Como me lo había sugerido Ester, volví a la casa para ver cómo estaban mis hermanas. Eran como las nueve. María ya había hecho caldo de pollo por si ese mismo día daban de alta a mi madre y Laura ya había lavado el baño. Claudia, la más pequeña, lloraba.

Cuando regresé al hospital, Ester me dijo que ya tenía que irse y que en un rato más me darían informes.

No pasó mucho tiempo hasta que la doctora salió y me dijo:

—Tu mamá tuvo un aborto.

Me quedé estupefacta.

Grito vivo. Imagen tomada de: pnitas.es

Grito vivo. Imagen tomada de: pnitas.es

***

Hasta que escuché aquello, las pastillas abortivas para úlceras gástricas, los fuertes cólicos de los que se quejaba mi madre un día antes —de los cuales me había olvidado— y por supuesto la hemorragia tuvieron sentido. En efecto, ella había tenido un aborto, pero no espontáneo. Inducido.

No sé cómo describir la magnitud de la sorpresa que sucedió a lo dicho por la doctora. Sólo se me ocurre recurrir al lugar común del balde de agua fría e imaginarme a mí misma con el rostro desencajado, con la expresión patética de los personajes de telenovela.

Lo que sí es que sentí coraje. Mi madre y su amiga no sólo habían querido ocultarme el aborto, también habían querido engañarme, hacerme creer que la razón de la hemorragia era otra. A partir de que supe la verdad, la preocupación por su salud pasó a un segundo plano, dejando en su lugar enojo y decepción. Ella no sólo había sido irresponsable al embarazarse a esa edad en la que procrear un hijo conlleva un riesgo para ambos. También lo había sido al tomarse las pastillas para úlceras y no practicarse un aborto en forma. ¿Para qué sino son legales en esta ciudad? Además, se esperó hasta el último momento para actuar. Tenía casi doce semanas de gestación, según me dijo la doctora cuando salí de la sorpresa y pude preguntarle algo. En la semana trece, no sólo habría sido algo ilegal, también el desenlace pudo haber sido fatal.

Sentí, además, que los roles se invertían y que de alguna forma yo pasaba a ser la madre, y mi madre, una adolescente estúpida.

***

Después de haber recibido el balde de agua helada, sin todavía sacudírmelo del todo, tuve que hacer varios trámites en el hospital ­para asentar la estancia de mi madre ahí. Responder a un estudio socioeconómico, realizado por una trabajadora social quisquillosa, fue uno de ellos. No fue necesario mentir para que le asignaran el nivel dos.

De ahí siguió una larga espera en el piso de perinatología. Como es común en esas circunstancias, un señora que había venido a ver a su vecina —quien acababa de parir al tercer o cuarto hijo— me hizo la plática, que inevitablemente desembocó en la pregunta incómoda:

—¿Tú a quién vienes a ver?

—A mi mamá.

—¿Y por qué está aquí?

—Por la menopausia… Una hemorragia —me vi obligada a precisar ante los ojos interrogantes de la señora.

—Ah, sí, es normal. A otra vecina…

Sin quererlo, ya estaba convirtiéndome en cómplice de mi madre y de Ester. Repetía como un perico la versión oficial, las mentiras previamente oídas.

Pude entrar a su habitación a las dos, a las tres o las cuatro de la tarde. Ya no recuerdo bien la hora. Lo que no olvido es que todavía en esos momentos quería seguir con el cuento del desajuste hormonal.

—Lo sé todo, mamá —le dije, sin usar la palabra “aborto”. No sé por qué.

—Te pido, por favor, que no les digas a tus hermanas —me dijo con un gesto previo al llanto. Un llanto que no llegó a ser.

Aunque pálida y débil, con la bata azul de los pacientes, no se conformó con la petición explícita de complicidad e intentó prolongar la mentira. Un mes antes —aseguraba— había acudido a una doctora para tener un aborto asistido, pero ésta no le había extraído bien el embrión. ¿Quién le iba a creer eso?

Sólo una cosa de las que me dijo durante esa hora di por cierta: que se había desmayado al entrar al hospital y que por la cantidad de sangre que perdió le habían hecho una transfusión.

Otra certeza tuve tras esa visita. Ella me pidió que les ocultara su aborto a mis hermanas, no para no asustarlas, sino cuidándose a sí misma, previniéndose de futuros reproches. En toda nuestra conversación, ni si quiera me preguntó cómo estaban ellas. Ni siquiera me preguntó cómo me sentía yo.

Afuera del hospital (sólo una persona puede acompañar al paciente) me esperaba María. Le conté todo.

Yo sola no hubiera podido con el peso de ese secreto.

***

El domingo mi madre seguía internada y cumplía cuarenta y cuatro años. Para festejarlos, había planeado una reunión con familia y amigos, a los que mis hermanas tuvieron que cancelarles, reproduciendo también la versión oficial.

La verdad sólo la sabíamos Ester, María y yo. A María, la noticia no la sorprendió tanto, quizá porque desde que vio las famosas pastillas para úlceras gástricas se olió todo. A mí, si he de ser sincera, no me dolió la pérdida de un “hermanito”. Tampoco es que condene el aborto. Lo que me dolió fue que me quisieran ver la cara. Y que mi madre, quien paradójicamente daba pláticas sobre el uso de anticonceptivos en el DIF como parte de su trabajo, actuara de un modo tan irresponsable, como una chiquilla, ignorante, además.

A mis hermanas más chicas les oculté la verdad no por querer encubrir a mi madre, sino para evitarles una decepción como con la que yo cargaba a cuestas.

A las seis de la tarde dieron de alta a mi madre. Minutos antes, yo había ido a la caja del hospital a pagar los ochocientos y tantos pesos que se debían. Lo hice con mis ahorros (que ella me pagó después). Cuando entré a su habitación, con un enojo que ya no podía disimular, me pidió que la felicitara por su cumpleaños, que le diera un abrazo. Me negué.

Afuera llovía y tomamos un taxi.

En la casa nos esperaban varios de los invitados a la fiesta (Ester entre ellos), pese a que había sido cancelada. Le llevaban flores y fruta a mi madre. Querían verla y abrazarla, darle ánimos luego de esa terrible experiencia propia de la menopausia.

 

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