“Educación de la mirada”, por Huberto Batis

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“Afinar la mirada es un don que se alcanza con el tiempo”, señala.

El maestro Huberto Batis, catedrático emérito de la UNAM y acreedor a la Medalla de Oro de Bellas Artes en 2010, destacado en el mundo cultural por su dedicación a los temas literarios, nos hizo el honor de dejarnos publicar este bello escrito en donde, entre anécdota y anécdota, reflexiona sobre lo milagroso de la mirada:

 

Me ha tocado la buena suerte de encontrar gente muy abierta, como Alfonso Reyes y Julio Torri. Pero también me topé con gente muy cerrada. En mi juventud estuve más cerca de los Ateneístas que de los Contemporáneos; era más fácil acercarse a aquéllos. Los Contemporáneos tuvieron vidas muy cortas. A Cuesta y a Villaurrutia no los alcancé. Torres Bodet no me interesaba. Gorostiza era inaccesible. A Novo le tenía terror. En cambio, uno podía conversar con Reyes, hablarle por teléfono a Torri o tomarse con él un chocolatito en el Rendez-vous.

El otro día me estaba acordando de mi abuelo, Ignacio Bátiz. Con él me entendí mil veces mejor que con mi padre. Es probable que por ello pudiera establecer mejor contacto con los del Ateneo que con los Contemporáneos. Los viejos tienen más tiempo libre, otra actitud, otro ritmo.

Al estar pasando lista de asistencia en su clase universitaria, y cuando llegaba al nombre de una muchacha, Julio Torri afinaba la mirada y levantaba sus anteojos a la frente para contemplarla de lejos con detenimiento. A medida que pasan los años, empieza a ocurrirnos esto a los maestros. Cuando uno es joven está rodeado de belleza y no la persigue. Conforme pasa el tiempo y nos hacemos viejos, y con ello se va flaqueando físicamente, no nos queda sino una mirada muy sensible a la belleza física. Imagino el poder de goce que tendrían los ojos de don Julio. A lo mejor Torri iba a la Universidad –en camión– sólo para mirar a las muchachas, quizá arrastrando el paso, quizá lleno de cansancio, amargura o decepción, pero anhelante.

Julio Torri

Julio Torri

En los pasillos de Filosofía y Letras encontré muy alegre un día a una de mis alumnas. Le pregunté qué le pasaba y ella me dijo: “Me acaba de suceder una cosa increíble. Ese viejecito que está ahí –y me señaló a Edmundo O´Gorman– me detuvo para decirme: ‘Señorita, usted no vino el jueves pasado a la Universidad’.” Y entonces ella le respondió: “Sí vine maestro.” “No, señorita, usted no vino.” Ella se quedó pensando y de pronto se dio cuenta de que en verdad no había podido venir ese día. “Tiene razón, pero, ¿por qué me dice usted eso?” “Señorita, porque yo vengo todos los jueves a verla pasar. Tiene usted unas piernas como no he visto iguales en toda mi vida.”

Después de oír eso la muchacha venía como pisando nubes. Me volví a observar a don Edmundo O´Gorman, un viejo catedrático de 80 años. Me dije: ¿necesitaré llegar a su edad para poder mirar de esa manera, para venir a la universidad los jueves, recargarme en una columna y esperar el paso de una muchacha para decirle “señorita usted no vino el jueves” como si hubiese faltado a una cita?

Edmundo O´Gorman

Edmundo O´Gorman

Esta anécdota me impresiona especialmente; me parece que contiene el sentido de la vida. Sólo de pensar que existan esas piernas, y que un viejo tenga ojos para verlas…Le miré las piernas a esa muchacha y sí, me dije, tiene bonitas piernas, pero no tengo la mirada de O´Gorman para entender que son quizá un portento. Es la educación de la mirada.

Poco después de la muerte de Torri entré a su recámara: la cama desecha, la bacinica llena de los últimos orines, medicinas en su buró…En ese cuarto, en sus postreros días don Julio estuvo rodeado, sin embargo, de la belleza absoluta: tenía amplificaciones fotográficas de estatuas griegas, de algunos dibujos japoneses, de cuadros del primer Tamayo, imágenes de la armonía que él seleccionó como símbolos de vida. No dejan de maravillarme esos viejos consolados por la belleza.

Yo llegué a ver muchas veces en Coyoacán a Luis Cernuda esperando un camión en una esquina. Hacía la parada, miraba al chofer y retrocedía: “No, tú no.” Era que estaba esperando a un chofer que le gustaba. Cuando éste llagaba, el gran Cernuda subía al camión, feliz de estar por un momento cerca del hombre que lo traía embobado. Y entonces Cernuda va a casa y escribe un poema que ha de emocionar a tantos lectores, un poema de una profundidad tremenda, escrito para un chofer de una belleza física especial a los ojos del poeta.

En el escritorio de Cernuda se encontraron unas cartas de amor maravillosas escritas a un tipo equis. Estaban cuidadosamente atadas con cintas. Nos preguntamos quién sería el destinatario, hasta que un día lo descubrimos: era un personaje de una novela de André Gide. Eran cartas de amor escritas a un personaje de novela, literario. Cernuda las escribió con detenida caligrafía, las metió en un sobre, anotó el nombre sagrado, para después irlas guardando, una a una, en un cajón. Cartas de amor a un ser inexistente, encendidas y conmovedoras. Uno no imagina encontrar, aunque sea en la literatura, al ser amado ideal absoluto.

Luis Cernuda

Luis Cernuda

Es un aprendizaje que lleva toda la vida. Un aprendizaje, pero también un don: una educación de los sentidos.

Está el caso de Juan García Ponce. Hay que fijarse en cómo mira la puntura, la belleza, cómo devora a las mujeres al contemplarlas. Sólo habiendo tenido una parálisis de treinta años tendría uno tal mirada, después de haber estado toda esa eternidad en el mismo cuarto. Porque él no quiere salir. Juan podría ir en un auto y gozar del campo, las montañas, el mar. Pero no quiere. Una vez quise llevarlo, lo rapté en mi coche y lo traje al bosque y a las lagunas de Cempoala. Estaba sumamente inquieto y se molestó mucho conmigo. Vive entre cuatro paredes, rodeado por las mismas pinturas que ha elegido para tenerlas siempre delante. Quizá nosotros, de ver tanto, ya no vemos. Juan se encierra entre cuatro paredes y elige lo que quiere ver. Uno debe esperar el momento en el que un cuadro se le revele, y entonces empiezas a ver realmente.

 Porque uno tiene que elegir: unos cuantos libros, unos cuantos autores. A mí me interesa mucho el siglo XIX; realmente me hubiera gustado mucho vivir en ese siglo y no en éste. No sólo por sus artistas, sino por todo eso que se podría llamar atmósfera, espíritu de la época. Baudelaire y Huysmans me enloquecen. Tanto Le fleurs du mal como À rebours fueron hallazgos definitivos en mi adolescencia.

El otro día estaba viendo un libro de pintura del siglo XIX, de autores raros, desconocidos, y encontré un cuadro fascinante. Lo estuve mirando por horas. Es un palacio romano: unas diez o doce personas de la aristocracia están echadas sobre divanes y beben rodeadas de refrescos y estatuas. Esto se ve al fondo. En primer término, sobre las baldosas de mármol, que son negras y blancas, los sirvientes han regado arena, y sobre esa arena han luchado dos gladiadores.

El vencedor está a un lado, herido y desfalleciente, y algunas de las jóvenes invitadas a ese simposium han ido a tocarlo y darle de beber de sus copas de vino. Mientras tanto, unos criados se llevan al vencido, muerto. Éste, con los pies, va dejando en la arena un rastro, y es en ese rastro en el que se descubren las baldosas blancas y negras, alternadas como en un tablero de ajedrez. El color y la belleza que logra el artista son extraordinarios. Quizá como ese haya cientos de cuadros magistrales que no se me han revelado. En el MET de Nueva York, un cuadro de Degas me tuvo llorando toda una tarde.

García-Ponce

Juan García Ponce

Cierta vez llegué a la casa de Fernando Benítez y lo encontré contemplando un gran libro con reproducciones de Rembrandt. Seguimos la secuencia de los autorretratos que se hizo a lo largo de su vida, y Benítez me iba diciendo: “Ve cómo el desencanto va a pareciendo en su rostro.” A mí me emocionó la imagen de un anciano mirando en la sala de su casa las imágenes de Rembrandt y, como en espejo, el progreso de la vejez. Del mismo modo me emociona ver a García Ponce en su silla de ruedas contemplando un cuadro. O a Luis Cernuda escribiendo cartas al protagonista de una novela de Gide. O a Edmundo O´Gorman atisbando con discreta emoción las piernas de una estudiante en los pasillos de la Universidad, o a Julio Torri pasando lista en el salón de clases en espera de un nombre de una mujer para levantarse los anteojos y observarla. Pienso en ellos, y sé que alcanzaron a cultivar ojos y oídos para poder gozar la belleza.

Vía Saber Ver.

Sigue a Artjen Martínez en @artjen04

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